
– La hija de Randy, ¿no es cierto? -dijo Simon en voz baja detrás de él-. ¿La mayor?
Dennis apenas recordaba a Randy MacArthur, como para saber cuántos hijos tenía. Pero Simon seguramente estaba en lo cierto. Si un día iba al picnic de una compañía, al día siguiente le preguntaba a Pedro González, de Contabilidad, si su hijo se había recuperado del resfriado.
– ¿Qué es el padre de Dana? -preguntó Jim.
– Semidemonio -dijo Simon-. Un Exaudio, me parece.
Jim y Dennis afirmaron con la cabeza. Ellos eran semidemonios, como lo era la mayoría del cuerpo policial de la Camarilla, y sabían lo que eso significaba. Dana no había heredado ninguno de los poderes de su padre.
– La pobre chica no tuvo ninguna oportunidad -afirmó Dennis.
– En realidad, creo que es una sobrenatural -dijo Simon-. Si no me equivoco, su madre es una bruja, de modo que ella también debería serlo.
Dennis hizo un movimiento con la cabeza.
– Como he dicho, la pobre criatura no tuvo la menor oportunidad.
El chico de los Cortez
Estaba sentada en la habitación de un hotel, enfrente de dos brujas de unos treinta y tantos años vestidas de traje, oyéndolas decir las palabras de rigor. Todas esas fórmulas de cortesía. Las maravillas que habían oído de mi madre. Lo horrorizadas que se habían sentido al enterarse de su asesinato. Lo mucho que se alegraban de ver que a mí me iba bien a pesar de mi ruptura con el Aquelarre.
Todo esto dijeron, sonriendo con la mezcla justa de pena, conmiseración y aliento. Wendy Aiken fue quien principalmente se encargó de hablar. Mientras lo hacía, los ojos de su hermana menor, Julie, se clavaban en donde estaba Savannah, mi pupila de trece años, sentada en la cama. Capté las miradas que Julie le dirigía: de desagrado y temor al mismo tiempo. La hija de una bruja negra, en su habitación de hotel.
