
Mientras Wendy movía los labios repitiendo trivialidades ensayadas, dirigió la mirada hacia el reloj. Supe entonces que fracasaría, una vez más. Pero solté mi discurso de todos modos. Les expuse mi visión de un nuevo Aquelarre para la era tecnológica, unido por la hermandad en vez de la proximidad; cada bruja viviría donde quisiera, pero con un sistema de apoyo pleno por parte del Aquelarre, a sólo una llamada telefónica o un correo electrónico de distancia.
Cuando terminé, las hermanas se miraron la una a la otra. Continué.
– Como ya he mencionado, están también los «Grimorios». Hechizos de tercer nivel, perdidos durante generaciones. Los tengo y quiero compartirlos, para devolverles a las brujas la gloria que perdieron.
A mi juicio, esos libros eran mi mejor carta. Aunque no se diera importancia a la hermandad ni al apoyo mutuo, sin duda se ambicionarían esos poderes. ¿Qué bruja no los querría? Y sin embargo, al mirar a Wendy y Julie, vi que mis palabras les resbalaban, como si yo estuviese ofreciendo un juego de cuchillos gratis con la compra del mobiliario completo de un salón.
– Eres una vendedora muy convincente -dijo Wendy con una sonrisa.
– Pero… -susurró Savannah desde la cama.
– Pero debemos reconocer que tenemos un problema con la… compañía que ahora tienes.
La mirada de Julie se deslizó hacia Savannah. Me puse tensa, dispuesta a saltar en su defensa.
– El chico de los Cortez -dijo Wendy-. Bueno, ese joven, debería decir. Sí, sé que no está involucrado en la Camarilla de su familia, pero ya sabemos lo que pasa con esas cosas. La rebelión juvenil está muy bien, pero no paga las facturas. Y según he oído, no tiene mucho éxito en ese aspecto.
