
Y se despierta temblando, gritando.
El aullido de Falkirk resonaba aún en sus propios oídos cuando sus ojos se acomodaron a la luz. El capitán Rodríguez le sacudía, sujetándole por los hombros:
—¿Te encuentras bien?
Falkirk intentó contestar. No le salían las palabras. Un shock alucinatorio, se dijo, mientras parte de su mente trataba de convencer a la otra parte de que el sueño había terminado. Estaba adiestrado para enfrentarse a una crisis. Como estaba ordenado, inició rápidamente la cuenta atrás hasta calmarse, aunque todavía temblaba fuertemente.
—Una pesadilla —dijo con voz ronca—. ¡Qué locura! Jamás tuve un sueño de tal intensidad.
Rodríguez se relajó. Indudablemente, no había que preocuparse demasiado por una simple pesadilla.
—¿Quieres una pastilla?
—Me las arreglaré, gracias —respondió Falkirk, denegando con la cabeza.
Pero el impacto del sueño perduraba. Pasó más de una hora antes de que se durmiera de nuevo, y entonces cayó en un sueño inquieto y ligero, como si la mente se mantuviera en guardia contra un nuevo ataque de aquellas fantasías horribles. Quince minutos antes del despertar programado, un aullido horrible al otro extremo del camarote le arrancó de su sueño.
El capitán Rodríguez tenía una pesadilla.
Naturalmente, cuando la nave llegó a la Tierra, un mes más tarde, se vio sometida al proceso habitual de descontaminación antes de que nadie o nada de lo que se encontraba a bordo saliera del puerto espacial. El casco exterior fue lavado a presión, a fin de atrapar y aniquilar cualquier microorganismo que pudiera haberse fijado allí en otro mundo; los miembros de la tripulación salieron por el túnel de seguridad y fueron directamente a la cámara de cuarentena, sin quedar expuestos al aire; la atmósfera de la nave fue enviada a cámaras aisladas, donde se efectuó una depuración total, y el interior de la nave se sometió a una esterilización de seis fases, comenzando con quince minutos de vacío y terminando con una hora de bombardeo de neutrones.
