– Tienes unas miguitas…

– ¿Qué? Oh. Las galletas -Jill se pasó los dedos por los labios y después tomó uno de los extremos de la camisa y se limpió con él. Al mirarlo, se dio cuenta de que aquellas migas también tenían chocolate. Estupendo.

– ¿Mac? ¿Eres tú? -la tía Bev se acercó a ellos-. Querrás confirmarlo todo. Vamos, entra. Jill, apártate y deja paso a Mac.

Jill obedeció. En algún momento entre el primer coñac y el tercero, se había quitado los zapatos, y estaba descalza sobre el suelo de madera maciza. La sensación le recordó mucho a la última vez que había visto a Mac, así que se apresuró hacia el salón, donde, al menos, había una alfombra bajo sus pies.

Oyó el sonido de los pasos de Mac mientras la seguía, junto con la agradable conversación de su tía, que hablaba de la tarde tan buena que hacía aquel día. Cuando llegó a la mecedora del salón, se dejó caer sobre ella, y la silla comenzó a balancearse haciendo que las esquinas de la habitación se tambalearan lo suficiente como para que ella sintiera ganas de reírse de nuevo. Quizá aquello fuera positivo, pensó mientras se acurrucaba en los gruesos cojines de la mecedora. Siempre se había preguntado qué ocurriría si volviera a ver a Mac. Después de aquel desastroso último encuentro, había tenido miedo de lo que ella diría, o de lo que diría él. O de cómo la miraría. Sin embargo, el hecho de estar borracha suavizaba la situación. Si él le tenía lástima, bueno, ¿acaso no era lastimosa la situación en la que se encontraba en aquel momento?

– Así que eres el nuevo sheriff.

– Exacto. Comencé hace dos semanas.

– ¿Por qué?

– Porque esa es la fecha que convinimos.

Jill alzó la mano para meterse un mechón de pelo detrás de la oreja y recordó que tenía el pelo como una fregona. Oh, Dios. Se le había olvidado completamente su aspecto. ¿Qué podía hacer?

Se estremeció imperceptiblemente, y se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que ser fuerte y tener la esperanza de que él no se hubiera dado cuenta.



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