Tenía que ser una de aquellas tres cosas, pensó, mientras miraba al hombre que había en el umbral de la puerta de su tía. ¿Acaso no podía haberle caído un rayo y haberla fulminado?

Pues no, pensó mientras observaba aquellos ojos azul oscuro y estudiaba los rasgos familiares y asombrosamente perfectos de aquella cara. Aunque ya no tuviera el aspecto de un muchacho, sí conservaba el poder de hacer que a Jill se le acelerara el corazón.

Lo último que había sabido de Mac Kendrick era que se había ido a vivir a Los Angeles y había entrado en el L.A. Police Department. Y la última vez que había visto a Mac, Jill tenía dieciocho años y él estaba en casa disfrutando de un permiso del ejército. Ella había aparecido en su habitación, había dejado caer su vestido al suelo y se le había ofrecido desnuda. Mac había vomitado al instante.

– Mac -dijo ella, intentando que la voz le sonara alegre y agradable.

El frunció el ceño. Aquel gesto hizo que se le juntaran las cejas y que se le arrugaran los ojos. Jill tuvo que esforzarse para que no se le escapara un suspiro al ver lo guapo que era. Recordó entonces las enormes manchas que tenía en la camisa que llevaba, justo cuando la expresión de Mac se aclaró.

– ¿Jill?

– Sí. Hola. Mmm… estoy, eh… -iba a decir de visita, pero no era la verdad, y estaba demasiado borracha como para mentir, así que quizá fuera mejor evitar el motivo por el cual estaba en Los Lobos-. ¿Y qué haces por aquí?

– Vivo aquí.

Ella se quedó atónita.

– ¿Aquí? ¿En Los Lobos?

– Soy el nuevo sheriff.

– ¿Por qué?

Él sonrió, y al ver aquella curva, a Jill se le encogió el estómago.

– Me gusta estar aquí -dijo él.

– Supongo que todo el mundo tiene una opinión.

Él se la quedó mirando, y después se tocó el labio superior.



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