– Quiero decir, ¿por qué aceptaste el trabajo de sheriff?

– Necesitaba un cambio -respondió él-. Además, éste es un lugar estupendo para que Emily pase el verano.

¿Emily? ¿Cuáles eran las probabilidades de que aquél fuera el nombre de su adorable San Bernardo? Cero, pensó Jill, mientras notaba que continuaba su racha de mala suerte.

– ¿Tu mujer? -le preguntó, fingiendo un amable interés.

– Su hija -informó Bev, mientras entraba en el salón. Dejó en la mesa una bandeja con tres vasos de leche y un plato de galletas-. La niña de Mac tiene ocho años.

Jill intentó asimilar el concepto. Durante todos aquellos años se lo había imaginado con una pléyade de mujeres queno se parecían nada a ella, pero nunca había pensadoenél como padre.

– Va a estar conmigo durante este verano -dijo él, y tomó una galleta del plato-. Bev ha accedido a ayudarme a cuidarla durante el día.

Jill se volvió hacia su tía y, al hacerlo, la habitación comenzó a dar vueltas. Entonces, dos pensamientos le llenaron el cerebro: el primero, que Mac no estaba casado. Al menos, no con la madre de su hija. El segundo pensamiento era más problemático.

– A ti no te gustan los niños -le dijo a su tía-. Por eso dejaste la enseñanza.

Bev le tendió un vaso de leche.

– No me gustan en grupos.-la corrigió-. Quizá tuve que leer El señor de las moscas demasiadas veces, y siempre me ha parecido que los niños podían volverse rabiosos en cualquier momento. Sin embargo, individualmente están bien -dijo, y sonrió a Mac-. Estoy segura de que Emily es un angelito.

Mac se quedó asombrado por la teoría de Bev sobre los niños y su potencial.

– ¿Qué? -preguntó, sacudiendo la cabeza-. No, es una niña normal.

Había algo en su voz, pensó Jill, algo como… nostálgico. ¿O sería que ella tenía el cerebro macerado en alcohol y se lo parecía?



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