Le dio un sorbito a la leche, se la tragó y estuvo a punto de atragantarse.

– No puedo -dijo, devolviéndole el vaso a su tía-. Después del coñac, mi estómago no admite esto.

– Por supuesto que sí sólo tienes que pensarque te estás tomando un Brandy Alexander. De dos tragos.

– Ah. Está bien.

Mac se la quedó mirando.

– ¿Has estado bebiendo?

Una clara desaprobación hizo que se le entrecerraran los ojos y que apretara los labios. Ella le echó una rápida mirada al reloj y vio que eran las tres de la tarde.

– Son las cinco en Nueva York, y he tenido un mal día -o una mala semana, o posiblemente, una mala vida.

– No te preocupes. Jill no es una mujer salvaje -dijo Bev, con una sonrisa reconfortante-. Sólo está un poco pachucha. ¿Cuándo llega Emily?

– Sobre las cinco. La traeré por la mañana. No quería trabajar el primer día, pero tengo que ir a un juicio.

– No te preocupes -le dijo Bev-. Estoy muy contenta de que vayamos a pasar el verano juntas. Lo vamos a pasar muy bien.

Jill pensó que debería advertir a Mac sobre el don de su tía, y cómo a veces pasaba de ser normal a rara. Pero, ¿qué sentido tenía preocuparlo?

Además, Bev tenía la capacidad de hacer que una persona se sintiera especial y querida, y quizá eso fuera lo que cualquier niña de ocho años necesitara.

Mac se levantó y murmuró algo acerca de volver a su casa. Jill quiso levantarse también para preguntarle dónde estaba exactamente. No porque estuviera planeando ninguna intrusión nocturna. Un momento humillante como aquél que ella recordaba ya era suficiente para la vida de cualquiera. No, evitaría a Mac en lo posible mientras estuviera allí atrapada, en Los Lobos. Trabajaría en los casos que surgieran y se haría cargo de los pequeños problemas de aquel pueblo mientras enviaba su curriculum a bufetes de abogados prestigiosos de todo el estado.



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