
Y, en su tiempo libre, planearía la venganza. Una venganza malvada, despiadada, satisfactoria, que redujera a la rata de su ex marido a una masa temblorosa. Sonrió al pensarlo, y sintió algo frío y húmedo por la pierna.
– Oh, Dios.
La voz de su tía sonaba preocupada, y Jill quiso preguntar por qué, pero no pudo hablar, ni abrir los ojos. Le quitaron algo de la mano.
– ¿Cuánto coñac ha bebido? -preguntó un hombre.
Mac, pensó Jill vagamente. El guapísimo y sexy Mac. Había estado enamorada de él desde que tenía trece años. Pero él nunca le había hecho caso, realmente. Había sido simpático y amigable, pero de una forma distante, como un hermano mayor.
Sintió que se deslizaba de la, silla, y de repente estaba volando por el aire.
– ¿En el sofá?
– Sí. Traeré una manta. Sólo necesita descansar un poco.
– O beber menos -dijo un hombre, con una carcajada suave-. Dentro de un par de horas se va a sentir fatal.
Eso no sería nada nuevo, pensó Jill mientras metía la cabeza bajo un cojín. Llevaba dos días sintiéndose fatal. Pero aquello era mejor. Era cálido y acogedor, y se sentía a salvo de nuevo. Se fue durmiendo suavemente, y se juró que, cuando despertara, todo sería diferente.
Sin ser capaz de dejar de mirar el reloj, más o menos a las cinco menos cuarto, Mac tuvo la tentación de tomarse una cerveza mientras esperaba. Sin embargo, no iba a hacerlo. Emily estaba en juego, y todo aquello había sido culpa suya.
Quería culpar a otro, señalar con el dedo y decir que él no era responsable, pero no podía. Él mismo era quien había dado todos los pasos. Ni siquiera podía echarle la culpa a Carly. Su ex mujer había sido más comprensiva e indulgente de lo que él se merecía.
Como era una mujer organizada y seguramente no quería hacer que Mac lo pasara mal, llegó cinco minutos antes de la hora a la que habían quedado. Él vio el coche cuando entraba en la calle de su casa, y había salido a recibirlas antes de que ninguna de las dos ocupantes hubiera tenido ocasión de bajar.
