– Hola, preciosa -le dijo a Emily, en cuanto la niña salió del vehículo.

Su hija era delgada y rubia, con unos grandes ojos azules y una sonrisa que podía iluminar el cielo. Sin embargo, en aquel momento no estaba sonriendo. Más bien, le temblaba la barbilla, y no lo miraba a la cara. Abrazaba a Elvis, su rinoceronte de peluche, y miraba fijamente al suelo.

Hacía casi dos meses que no la veía, y tuvo que hacer un esfuerzo para no tomarla en brazos y darle un abrazo enorme. Se moría por decirle que la quería, que había crecido mucho y se había puesto muy guapa, y que había pensado en ella todos los días. Sin embargo, en vez de eso, se metió las manos en los bolsillos y deseó con todas sus fuerzas volver al pasado y ser capaz de arreglar las cosas.

– Hola, Mac.

Mac miró a Carly. Delgada, bien vestida, con el pelo dorado cortado a la altura de las mejillas, rodeó el coche y se acercó a él.

– Estás muy guapa -le dijo él, mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla.

Ella le apretó el brazo.

– Tú también. Qué bonito pueblo. Así que aquí es donde te criaste.

– Exacto.

– ¿Y qué tal estás después de haber vuelto?

Él había pasado las dos últimas semanas entre la esperanza y el temor a un desastre. Había demasiado en juego.

– Bien -dijo, en un tono de confianza que en realidad no sentía-. Vamos a sacar las maletas del coche y entremos en casa -sugirió, y se volvió hacia Emily-. Tu habitación está arriba, cariño. ¿Quieres verla?

Ella miró a su madre como si le estuviera pidiendo permiso. Cuando vio que Carly asentía, Emily salió corriendo hacia arriba.

– Me odia -dijo Mac, rotundamente.

– Te quiere mucho, pero está asustada. No te ha visto en semanas, Mac. No apareciste ninguno de los dos fines de semana que le habías prometido, y le rompiste el corazón.



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