Él asintió y se tragó el sentimiento de culpabilidad que le ascendía por la garganta.

– Lo sé. Lo siento.

Se acercó al coche y esperó a que ella abriera el maletero.

– Las disculpas no funcionan con una niña de ocho años -le dijo Carly-. Desapareciste de su vida sin decirle una palabra y ahora tienes que demostrarle que has cambiado.

Él ya lo sabía, pero, ¿cómo iba a hacerlo? ¿Cómo podía conseguir un padre recuperar la confianza de su hija? ¿Era posible, o habría cruzado ya la línea y sería demasiado tarde?

Tenía ganas de preguntarle su opinión a Carly, pero supuso que ya había desgastado aquella opción con ella.

– No tenías por qué hacer esto -le dijo él, mientras levantaba dos maletas.

– Lo sé -respondió Carly-. En parte, quería darte la espalda, pero siempre la has querido por encima de todas las cosas -cerró el maletero y lo miró fijamente-. Quiero creerte, Mac. Quiero darte esta oportunidad. Pero no cometas un error. Si la fastidias esta vez, te llevaré de nuevo a los tribunales y conseguiré que no vuelvas a ver a tu hija en la vida.

Capítulo 2

Jill se despertó en la oscuridad al oír el sonido del reloj de cuco. Contó diez campanadas y después apartó la manta y se incorporó. Al principio no supo cómo se había quedado dormida en un sofá, pero poco a poco, recordó que después de llegar a casa de su tía había ingerido una buena cantidad de coñac.

La quietud de la casa le indicó que su tía también se había acostado. No era de extrañar: aquéllos a los que les gustaba levantarse temprano para ver el amanecer tenían que acostarse temprano. Jill prefería la puesta de sol, aunque aquel día, se la había perdido al quedarse dormida por la borrachera.

– Habrá otra puesta de sol mañana -se dijo.

Se levantó, esperándose un buen dolor de cabeza o la visión doble. No ocurrió ninguna de las dos cosas. En realidad, se encontraba muy bien.



15 из 219