
Fue a la habitación de invitados y sonrió al ver que su tía le había abierto la cama y le había dejado en la mesilla un vaso de agua y un paquete de Alka Seltzer.
– Una mujer asombrosa.
Jill no se acostó, sino que fue hacia su maleta y sacó sus cosméticos. Después de ducharse y lavarse el pelo, se sintió prácticamente normal. Bajó al porche trasero de la casa con un cepillo, y se sentó en los escalones que bajaban a la hierba del jardín. La brisa nocturna era fresca y agradable. En el cielo brillaban un millón de estrellas, que no había podido ver cuando estaba en la ciudad. Supuso que habría mucha gente que pensaría que la vida era perfecta en aquel pequeño pueblo en el que podían dejar las puertas de las casas abiertas y mirar las estrellas, pero se equivocaban de cabo a rabo.
Se quitó la toalla del pelo mojado y alzó el brazo para comenzar a cepillárselo. Sin embargo, se quedó petrificada en aquella posición. La puerta trasera de la casa de al lado se abrió, y alguien salió. Incluso a la débil luz del porche, reconoció a un hombre alto, de hombros anchos.
Mac.
Las posibilidades de que estuviera visitando a un vecino a aquellas horas eran escasas, lo cual significaba que probablemente fuera el vecino de la puerta de al lado de su tía. Aquello era otro síntoma más de lo mal que iba su vida en aquel momento. Sin duda, se habría mudado allí con su mujer y su…
Comenzó a recordar algo vagamente. Algo acerca de un hijo. ¿Una hija, quizá? Pero no acerca de una esposa. Al menos, no la madre de la niña. ¿O era sólo lo que ella quería? Al recordar que se había desmayado en su presencia, sintió horror.
Se movió para levantarse silenciosamente y entrar en la casa sin que la viera, pero la madera del porche crujió, y Mac se volvió hacia ella.
– ¿Qué tal estás? -le preguntó, acercándose.
Su voz resonó suavemente en la oscuridad.
Aquel sonido le rozó la piel a Jill como si fuera terciopelo sobre seda. Se le encogió el estómago, y su mente dejó de funcionar racionalmente.
