Se acercó a la cama que acababa de hacer y tomó a Elvis. El rinoceronte se dejó abrazar como siempre, e hizo que Emily se sintiera mejor.

– Mamá nos ha dejado -le dijo al oído, como siempre que le contaba un secreto-. Se marchó anoche. Me dejó en la cama, y yo estoy enfadada con ella.

Emily no quería estar enfadada con su madre, pero era más seguro. Le gustaba estar enfadada porque cuando lo estaba no la quería tanto.

– Tenemos que estar aquí todo el verano, con una señora, porque mi padre tiene que trabajar. Es el sheriff.

Ella no sabía qué significaba ser el sheriff. Antes, su padre era policía, y a ella le gustaba su aspecto con el uniforme, porque parecía muy valiente y muy grande, y ella sabía que siempre haría que estuviera segura. Sin embargo, él la había abandonado, y se suponía que los padres no hacían aquello. Se suponía que siempre estaban con sus hijas.

Ojalá su madre la hubiera dejado quedarse con ella en casa. Emily le había prometido que sería muy buena, que limpiaría su habitación y que no vería mucho la televisión, pero no había importado. Su madre la había llevado allí y se había marchado.

A Emily le rugió el estómago. Tenía hambre porque no había comido demasiado la noche anterior.

Sigilosamente, abrió la puerta de su cuarto y salió al pasillo. La casa era vieja, pero bonita. Grande, con dos pisos y muchos árboles grandes. Su madre le había dicho que el mar estaba muy cerca y que su padre la llevaría a jugar a la playa. A Emily le había gustado aquello, pero no había dicho nada.

Bajó las escaleras lentamente. Olía a beicon y a tortitas, y comenzó a hacérsele la boca agua. Agarró a Elvis con fuerza y, finalmente, llegó a la puerta de la cocina.



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