La cocina era muy grande y tenía muchas ventanas. Su padre estaba junto al fuego, tan alto y fuerte como ella lo recordaba. Durante un segundo, casi echó a correr para que la tomara en brazos. Quería que la abrazara y le dijera que era su niña preferida.

Notó una opresión en la garganta y comenzó a darle vueltas el estómago. Y cuando él se dio la vuelta y la sonrió, fue como si se le hubieran quedado los pies pegados al suelo.

– Hola, hija. ¿Qué tal has dormido?

– Bien -susurró ella.

Se quedó esperando el abrazo, o un guiño, o algo que le dijera que seguía siendo su niña preferida. Se inclinó un poco hacia él para oírle decir que la quería y que estaba muy contento de que estuvieran juntos. Que la había echado de menos y que la había buscado todos los días pero que no había podido encontrarla.

Pero él no lo hizo. En vez de eso, separó una silla de la mesa y le indicó que se sentara.

– Siéntate. He hecho tortitas, porque sé que te gustan. Ah, y beicon.

Emily sintió algo muy frío por dentro. No quería tortitas, quería a su padre.

Él esperó hasta que ella se hubo sentado y después acercó la silla a la mesa. Emily dejó a Elvis en la mesa, junto a su sitio, y esperó hasta que él puso tres tortitas en su plato. Después puso el beicon. Ella miró la comida y el zumo de naranja que tenía en el vaso. Era raro que ya no sintiera hambre en absoluto. No sentía nada.

– Aquí tienes fresas -le dijo él, poniéndole un cuenco de fruta junto al vaso de zumo.

Emily se irguió y apartó cuidadosamente el plato.

– No, gracias -dijo, en voz muy baja.

– ¿Qué? ¿No tienes hambre?

Ella quiso agarrar a Elvis y abrazarlo, pero entonces su padre se daría cuenta de que estaba asustada y triste. En vez de eso, se apretó tanto las manos que se le hundieron las uñas en la piel.

– El color está mal -dijo Emily, intentando hablar un poco más fuerte-. Voy vestida de morado.



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