
Él le miró la camiseta y los pantalones cortos.
– ¿Y?
– Si voy vestida de morado, sólo puedo comer cosas moradas.
Su padre tenía los labios apretados y los ojos entrecerrados, y no tenía pinta de estar muy contento. Pero ella no se rendiría. No podía.
– ¿Desde cuándo? -le preguntó él-. ¿Desde hace cuánto tiempo coordinas la comida con el vestuario?
– Desde hace un tiempo.
– Ah.
Todavía no eran las ocho de la mañana y Mac ya estaba cansado. Demonios, no quería dejar que Emily ganara aquella batalla. Sentaría un precedente y lo acorralaría.
– Espera aquí -le dijo a su hija.
Salió de la cocina y entró en el pequeño despacho que había junto al vestíbulo de la casa para llamar a Carly. ¿Por qué no le habría advertido lo que estaba ocurriendo con Emily? Habían estado juntos la noche anterior.
Completamente irritado, casi no se dio cuenta de que era un hombre el que respondía la llamada.
– ¿Diga?
– ¿Eh? -Mac iba a empezar a decir que se había confundido de número, cuando se dio cuenta de que quizá no fuera así-. ¿Está Carly?
– Sí, ahora se pone.
– Soy Mac -añadió él, sin estar seguro de por qué.
– Un momento.
Mac oyó el sonido del auricular sobre la mesa, y después unas voces suaves, aunque no distinguió lo que decían. Era evidente que Carly estaba saliendo con alguien y que el hombre en cuestión había pasado la noche allí. Mac asimiló la idea y después sacudió la cabeza. No le importaba si ella se acostaba con toda la Liga Nacional de Fútbol siempre y cuando no lo hiciera delante de su hija.
– ¿Mac? ¿Qué ocurre?
– ¿Por qué no me dijiste que sólo come cosas del color de la ropa que lleva?
Desde trescientos kilómetros de distancia, Mac oyó el suspiro de su ex mujer.
– ¿Está haciendo eso? Lo siento muchísimo. Esperaba que lo hubiera dejado. Hablamos del tema.
