
– Ella y tú hablasteis del tema. Pero a mí no me lo dijiste.
– Debería haberlo hecho.
– ¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?
– Unas seis semanas. He hablado con la pediatra. Ella piensa que Emily lo hace para sentir que tiene algo de control en su vida, y quizá una forma de que nosotros hagamos lo que ella quiere. No pudo decir nada respecto a nuestro divorcio, o a que tú te marcharas. Nos está castigando.
– ¿Y no podría tener una rabieta y ya está?
– Dímelo a mí.
Él se sentó en el escritorio.
– ¿Y cómo funciona esto? Anoche sí cenó.
– Claro. Iba vestida de rojo. Llevé espaguetis con tomate, ensalada de lechuga roja y tarta de fresa de postre. ¿Qué lleva ahora?
– Unos pantalones cortos y una camiseta morados. He hecho tortitas y beicon, pero no les ha hecho ni caso.
– Los arándanos están bien en los días morados. Aunque… cuando estuve con la pediatra, la semana pasada, también me dijo que si queríamos resistirnos ante ella y no darle lo que quería, finalmente el hambre la haría comer.
¿Matar de hambre a su hija? No podría hacerlo.
– ¿Y funcionó?
– Fui demasiado gallina como para intentarlo.
– Estupendo. Así que, ¿tengo que ser yo el malo?
– Era sólo una sugerencia. Tú tendrás que hacer lo que creas que es más conveniente.
El instinto le dijo que esa pediatra tenía razón, que Emily tendría hambre al final y comería. Pero, ¿quería él empezar el verano así? Y también estaba el asunto del trabajador social. No podía pensar en una entrevista con él en la que Emily se quejara de que su padre llevaba dos días sin darle de comer.
– ¿Y cómo demonios voy a saber lo que es mejor?
– Siempre fuiste un buen padre, Mac.
– Claro. Hasta que desaparecí de su vida. Un héroe, ¿no?
Carly se quedó en silencio durante un par de segundos, y después le dijo:
– Emily no sabe que estoy saliendo con alguien. Brian y yo llevamos viéndonos dos meses, pero no los he presentado todavía.
