A él no le importaba que su ex mujer saliera con otro hombre, pero detestaba pensar que su hija tuviera otro padre en su vida.

– No se lo diré -dijo.

– Gracias. Ojalá pudiera ayudarte más con el asunto de la comida.

– Me las arreglaré. Supongo que en algunos tribunales, el juez diría que me lo he ganado.

– Los dos tenéis que daros tiempo -le dijo Carly-. De eso trata este verano.

– Lo sé. Te enviaré un correo electrónico en un par de días y te contaré qué tal van las cosas.

– Te lo agradezco. Cuídate, Mac.

– Tú también.

Colgó el teléfono y volvió a la cocina. Emily continuaba sentada en el mismo sitio. El único cambio era que había tomado al rinoceronte en brazos.

– ¿Elvis tiene algún consejo para mí?

Ella sacudió la cabeza y lo miró con cautela.

– Rinoceronte tenía que ser. No consigo que se calle cuando voy conduciendo, siempre me está diciendo por qué carril tengo que ir y dónde tengo que torcer. Sin embargo, ahora que necesito algunas instrucciones, no es capaz de decirme una palabra.

Emily se mordió el labio inferior. Mac tuvo la esperanza de que fuera para no sonreír. Entonces, dejó escapar un suspiro exagerado.

– Morado, ¿eh?

Ella asintió.

– Está bien, hija. Vamos al supermercado, y compraremos algo para que desayunes.

– ¿Puedes comprarme cereales Pop-Tarts? -le preguntó, mientras se deslizaba de la silla-. Son morados.


– A menos que encuentre beicon de color morado, es posible que sí -dijo, y tomó nota de que tenía que comprar vitaminas para niños en la farmacia. De las de colores.

También se preguntó qué demonios iba a cocinar en los días en que ella se vistiera de azul.

Capítulo 3

Jill cerró el BMW. Lo había aparcado junto al campo de entrenamiento de béisbol, en el que seguramente habría varios equipos practicando durante los siguientes días. Con un poco de suerte, todos podrían tener un encuentro cercano con el 545.



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