
Aquel día había amanecido frío y claro, lo cual era beneficioso para ella. La niebla era lo peor que le podría ocurrir a su pelo. Se lo había secado, se lo había alisado y se había hecho un moño bajo. Después se había puesto un traje pantalón de Armani, aunque sabía que la elegancia no sería percibida por sus clientes. No importaba. En realidad, era por ella misma. Cuanto mejor vestida iba, mejor se sentía. Y aquel día necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir.
El despacho de Dixon & Son estaba en Maple Street, una calle llena de árboles, con cafeterías y tiendas, pintoresca y tranquila. Jill intentó convencerse a sí misma de que las cosas no eran tan terribles, pero no lo consiguió. Sólo había estado en aquel despacho un par de veces, pero los detalles del edificio estaban grabados a fuego en su memoria. No le importaba que fuera viejo, que oliera a humedad y que necesitara una buena mano de pintura. Lo que más le importaba eran los peces.
El señor Dixon había sido un ávido pescador. Había viajado por todo el mundo, pescando todo aquello que podía y llevando a su oficina los trofeos. Los peces que había pescado los había mandado disecar, o lo que se hiciera con los peces que uno no se comía, y montar sobre placas de madera. Aquellas placas estaban colgadas en su oficina. Por todas partes.
Los peces miraban a sus clientes, asustaban a los niños pequeños y almacenaban polvo. Y también desprendían olor.
– Por favor, Dios, que ya no estén -le susurró Jill al cielo.
Sin embargo, cuando abrió la puerta del despacho, comprobó que o Dios estaba ocupado, o que no tenía ganas de complacer. Cuando dio un paso sobre la madera rayada del suelo, todos los peces disecados clavaron sus ojos en ella. Ojos pequeños, oscuros, como abalorios.
