El olor era exactamente el que Jill recordaba, una desagradable combinación de polvo, limpiador de pino y pescado. La tostada que había desayunado comenzó a darle saltos por el estómago.

En aquel momento, una silla se movió tras el mostrador de recepción, y Jill miró a la mujer que estaba sentada detrás.

– Tú debes de ser Tina -dijo Jill, con una calidez que no sentía-. Me alegro mucho de conocerte.

Tina, su secretaria y recepcionista, se puso en pie de mala gana, y Jill se dio cuenta de que ella no era la única que estaba descontenta con las circunstancias. Tina tendría unos treinta y cinco años, y el pelo castaño cortado de una forma muy sensata. Parecía eficiente, aunque no especialmente amigable.

– Has llegado pronto -dijo Tina, con una sonrisa tensa-. Pensé que sería así, así que mandé a los niños a la escuela con Dave. Normalmente, yo no llego aquí hasta las nueve y media.

Jill miró al viejo reloj de cuco del rincón. Eran las ocho y veinticinco de la mañana.

– Yo empiezo a trabajar a esta hora -dijo Jill.

En San Francisco había empezado muchos días a las cinco y media, pero ya no estaba luchando por ser socia de ningún bufete.

– Yo tengo tres niños -dijo Tina-. Ya han empezado las vacaciones y no tienen clase, pero tengo que llevarlos a las actividades de verano, de todas formas. El más pequeño, Jimmy, está en clases de béisbol, y Natalie… -de repente, apretó los labios y le preguntó-: Supongo que no estarás interesada en mis hijos, ¿verdad?

– Estoy segura de que te tienen muy ocupada -le dijo Jill, intentando no mirarla, al darse cuenta de que la mujer llevaba una camiseta y unos pantalones de sport. ¿En un despacho de abogados?

Tina se dio cuenta de lo que estaba pensando Jill y se tiró de la camiseta.

– Al señor Dixon no le importaba que vistiera informalmente. No tendré que ponerme vestidos, ¿verdad?

Su tono indicaba que no iba a importarle mucho lo que pensara Jill.



29 из 219