
– Estás bien -le dijo ella, recordándose a sí misma que allí no había nadie a quien impresionar.
– Bien. Entonces, te enseñaré la oficina. Ésta es la recepción. Probablemente, ya te habías dado cuenta. Los casos que se cerraron recientemente están archivados en ese armario, ahí detrás -dijo, y se acercó a un archivador de madera oscura.
Ni siquiera estaba cerrado con llave, pensó Jill, asombrada.
– Los expedientes más antiguos están en el piso de arriba. Tu despacho está por aquí -Tina abrió una puerta y entró.
Jill la siguió.
En el despacho también había peces disecados por todas partes. Había estanterías a ambos lados del pasillo, y dos puertas que daban a lo que parecía un pequeño almacén y al baño.
– Es muy… -Jill giró lentamente y buscó la palabra más adecuada. O cualquier palabra-. Está muy limpio.
– La señora de la limpieza viene una vez a la semana -le dijo Tina-. La cafetera está en el almacén. Supongo que podría hacerte el café si tú quieres, pero el señor Dixon siempre se lo hacía él mismo -dijo, y los ojos se le llenaron de lágrimas-. Era un hombre maravilloso.
– Estoy segura.
– El ataque al corazón fue muy repentino.
– ¿Estaba trabajando?
– No. Pescando.
Por supuesto, pensó Jill, intentando evitar las miradas de los peces de la pared.
Tina dio un paso hacia la recepción.
– La procuradora viene dos veces a la semana. Está en casa con dos gemelos, así que algunas veces no puede venir, pero saca el trabajo adelante. Yo te avisaré cuando tenga que irme. Intentaré juntar cosas como los partidos y las visitas al médico, para no estar siempre de un lado a otro.
Jill tuvo el presentimiento de que Tina estaba de camino hacia la salida y de que iba a desaparecer.
– ¿Dónde están los casos abiertos del señor Dixon?
Tina le señaló el escritorio.
– Hay un par de testamentos, esas cosas. Oh, y tienes citas. El señor Harrison vendrá hoy, un poco más tarde, y Pam Whitefield el miércoles.
