– Espero que Lyle se contagie de alguna enfermedad de transmisión sexual y se le caiga la hombría a pedazos -dijo en voz alta, aunque luego siguió razonando -: No es que vaya a perder mucho. De hecho, nada de lo que estar orgulloso. Tuve que fingir todos aquellos orgasmos, desgraciado mentiroso.

Y peor aún, había cocinado para él. Jill podía aceptar una mala vida sexual, pero el hecho de haber dejado de asistir a importantes reuniones de trabajo para que él tuviera la comida hecha cuando llegara a casa le dolía en el alma.

Ojalá nunca lo hubiera conocido, ojalá nunca se hubiera enamorado de él y ojalá no se hubiera casado con él.

Lo único positivo en aquella situación tan negra era que Shelley había vuelto a la oficina con un pelo impresionante. Por lo menos, algo de lo que alegrarse, pensó Jill mientras se detenía en un semáforo en rojo y echaba un vistazo a su alrededor por primera vez desde que había salido de San Francisco.

Demonios, acababa de volver a uno de aquellos sitios a los que no quería volver.

Los Lobos, California. Una pequeña ciudad turística de la costa, invadida por los veraneantes todos los años. Los residentes nunca cerraban con llave la puerta de casa, excepto durante el verano. El puerto era un tesoro nacional, y la festividad de Halloween Pumkin en la playa era uno de los grandes eventos anuales. Para algunos era el paraíso. Para Jill, era como una condena en el infierno. Y también era algo por lo que Lyle tendría que responder.

Al menos, la casa de su familia estaba en manos de la Conservancy Society, así que se había salvado de la humillación de tener que dormir en su habitación de niña. La casa donde ella había crecido estaba en proceso de restauración para que recuperara su aspecto Victoriano original, así que se quedaría temporalmente con su tía Beverly.

El recuerdo de la casa bohemia y de la dulce sonrisa de aquella mujer hizo que Jill pisara más a fondo el acelerador. Cuando llegó a la casa, un edificio de dos plantas construido en los años cuarenta, sólo tenía ganas de acurrucarse y lamerse las heridas. Pero aquello se le pasaría, y entonces agradecería sentarse tranquilamente en una mecedora en el porche, junto al columpio.



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