
Aquel nombre le llamó la atención a Jill.
– ¿Es la misma Pam Whitefield que se casó con Riley Whitefield?
– Exacto. Me dijo que tenía un problema con la compra de un inmueble -le dijo Tina, y se encogió de hombros.
– Me sorprende que haya vuelto al pueblo -comentó Jill.
Pam era un par de años mayor que Jill, y cuando estaban en el instituto, siempre había dejado claro que le esperaba un gran futuro, y que no se materializaría en Los Lobos.
– Nunca se marchó -dijo Tina, que seguía avanzando, casi imperceptiblemente, hacia la puerta-. Estaré fuera, si me necesitas.
Jill miró a su alrededor en la oficina. Era como estar en medio de un acuario de peces fallecidos.
– ¿Pescó todos éstos el señor Dixon? -preguntó.
Tina asintió.
– Quizá la señora Dixon quiera guardarlos ella misma, como recuerdo de su marido.
– No creo -Tina siguió retirándose-. Me dijo que le gustaba saber que estaban aquí, en su despacho. Como si fuera una especie de tributo.
– Ah.
Jill comprendía que la viuda no quisiera tener todo aquello en su casa.
– Gracias, Tina. ¿A qué hora vendrá el señor Harrison?
– Sobre las once y media. Yo tengo que marcharme sobre las doce, para llevar a Jimmy al ortodontista.
¿Por qué no le sorprendió aquello a Jill?
– Claro. ¿A qué hora volverás?
A Tina se le hundieron los hombros.
– Si es importante…
Jill se quedó mirando a los peces disecados.
– Estoy segura de que nos las arreglaremos sin ti.
Jill tardó menos de dos horas en revisar todos los casos del señor Dixon. Llamó a los clientes, les ofreció sus servicios y sus referencias, si acaso las querían.
Ninguno se las pidió. Todos ellos fijaron una hora y un día para ir a verla, lo cual le habría resultado gratificante si hubieran mostrado el más mínimo interés en sus propios asuntos legales.
