
Una vez que tuvo todas las citas confirmadas, Jill sacó un disquete de su maletín y lo metió en el ordenador. Abrió el archivo de su curriculum y comenzó a ponerlo al día.
El señor Harrison llegó puntualmente a las once y media. Tina ni siquiera se molestó en llamar a la puerta. Simplemente, abrió y le cedió el paso.
Jill se puso de pie para saludarlo. En el libro de citas no había ninguna indicación de cuál podría ser su problema, pero ella se imaginó que podría manejarlo.
– Soy Jill Strathern -dijo, caminando alrededor del escritorio y tendiéndole la mano-. Encantada de conocerlo.
– Lo mismo digo -sentenció el anciano.
El señor Harrison era uno de aquellos viejecitos que se encogían con la edad. Tenía el pelo blanco y abundante, como las cejas. Tenía muchas arrugas, pero sus ojos azules eran claros y brillantes, tenía la mirada aguda y le estrechó la mano a Jill con firmeza.
Cuando se sentó, Jill volvió tras su escritorio y sonrió.
– No he encontrado ninguna anotación del señor Dixon sobre su caso. ¿Había venido a verle a él?
– Dixon era un idiota. Lo único que le importaba era pescar -respondió el anciano, sacudiendo la mano.
– ¿De veras? -murmuró Jill amablemente, como si no se hubiera dado cuenta de que los observaban cientos de ojos-. Entonces, ¿cuál es su problema?
– Esos miserables me han robado tierras. Su valla se adentra muchos metros en mi terreno. Quiero que la desplacen.
Entonces, extendió varias hojas de papel amarillento. Eran las escrituras de su finca. Jill se puso en pie y se inclinó sobre el escritorio, mientras el señor Harrison le mostraba los límites de la propiedad. Entonces, Jill notó que su interés se despertaba.
– Necesitaríamos una investigación oficial para determinar los límites, pero por lo que veo, usted tiene razón. Sus vecinos han puesto una valla en su propiedad.
– Bien. Ya pueden ir derribándola.
