Jill tomó su cuaderno de notas y se sentó.

– ¿Qué tipo de valla es? -le preguntó.

– De piedra. De un metro de grosor, aproximadamente.

Ella levantó la cabeza sobresaltada y lo miró fijamente.

– Está bromeando.

– No. No estoy diciendo que no sea un bonito muro. Funciona, pero está en un sitio que no es el suyo.

¿Un muro de piedra? Ella se había imaginado una valla de alambre, o de madera.

– ¿Por qué no les detuvo cuando comenzaron a levantarlo? Construir un muro como ése tuvo que costarles semanas.

– No estaba allí. Además, yo no tengo por qué recorrer el perímetro de mi propiedad en misión de vigilancia.

– Cierto -pero un muro de piedra. Aquello debía de haberles costado una fortuna-. ¿Ha hablado con sus vecinos sobre esto?

Él apretó los labios.

– Son jóvenes, y escuchan música rock. No tienen cerebro, y no creo que consiga nada hablando con ellos. Probablemente, toman drogas.

Ella lanzó al cielo una plegaria silenciosa de agradecimiento por el hecho de que el señor Harrison no fuera su vecino de al lado.

– ¿Cuándo se levantó ese muro?

– Que yo sepa, en mil ochocientos noventa y ocho.

El bolígrafo se le deslizó de entre los dedos y aterrizó en el suelo de madera. Jill no podía asimilar aquella información.

– De eso hace más de cien años.

– Sé contar, señorita. ¿Qué importa cuándo se construyera? Es un robo, simple y llanamente. Quiero que se desplace ese muro.

Era posible que Jill no supiera de legislación de propiedades inmuebles, pero en la vida había algunas verdades universales, y una de ellas era que un muro levantado hacía cien años nadie lo iba a mover de pronto.

– ¿Y por qué quiere encargarse de esto ahora? -le preguntó ella.

– No quiero dejar las cosas enredadas cuando yo falte. Y no se moleste en decirme que no le importará a nadie. Dixon ya lo intentó con ese argumento.



33 из 219