Jill notó que comenzaba a dolerle la cabeza.

– Voy a estudiar el caso, señor Harrison. Quizá haya algún precedente legal para lo que usted quiere conseguir -dijo, aunque tenía serias dudas-. Lo llamaré la semana que viene.

– Se lo agradecería.

El señor Harrison se levantó y le estrechó la mano. Después se fue hacia la recepción. Como no cerró la puerta al salir, Jill oyó perfectamente lo que le decía a Tina.

– ¿De qué demonios estaba hablando? A mí me parece que está totalmente perdida.


Mac cruzó la calle desde el Tribunal hasta la comisaría. Entró a través de las puertas de cristal doble y saludó al ayudante de guardia. Intentó ir hacia su despacho sin establecer contacto visual con nadie, pero Wilma lo cazó en menos de dos segundos.

– Tienes mensajes -le dijo la administrativa, mientras le entregaba varios papeles-. No tienes por qué prestarles demasiada atención a los del final del montón, pero los tres primeros son importantes. ¿Qué tal te fue en el juicio?

– Bien.

Se las había arreglado para que metieran entre rejas a un mal tipo durante un par de años. Al menos, aquello era positivo. Miró los mensajes mientras continuaba andando.

– ¿Ha llamado el alcalde? -le preguntó, sabiendo que aquello no podía ser nada bueno.

– Sí.

Wilma tenía que dar dos pasos por cada uno que daba él. Era una mujer muy bajita, de pelo blanco, y según la leyenda, llevaba trabajando en la comisaría desde el principio de los tiempos. Era lista, y Mac se había alegrado desde el principio de tenerla como personal de la comisaría.

– El alcalde ha llamado en nombre del comité del centenario del muelle. Quieren un permiso temporal para despachar cerveza en el túnel de lavado de coches.

Mac se quedó parado en mitad de la sala y la miró fijamente.

– ¿Qué? ¿Servir cerveza? Los niños del instituto harán ese trabajo.

– El alcalde dijo que la cerveza es para los clientes.



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