
– ¿Quiere venderle cerveza a gente que tiene que subirse de nuevo a su coche y conducir por la ciudad? Es lo más estúpido, ridículo, arrogante…
– Le dije que no te gustaría la idea -le dijo Wilma-, pero no quiso escuchar.
– ¿Lo hace alguna vez?
– No.
– Estupendo. Lo llamaré y le diré que no voy a darle el permiso.
– No se va a poner muy contento.
– No me importa.
Ella sonrió.
– Esa es una de las cosas que más me gustan de ti -dijo, y le señaló los mensajes que él tenía en la mano-. También llamó un tal Hollis Bass. Me pareció que sólo quería causar problemas inútiles. No es pariente tuyo, ¿verdad?
Mac buscó entre las hojas hasta que encontró la que tenía el número de Hollis.
– No. No es un pariente. Es un trabajador social -justo lo que necesitaba-. ¿Qué más?
– Slick Sam ha salido justo hoy bajo fianza, y alguien tiene que decirle a la hija del juez que no se mezcle con tipos como él -Wilma arrugó la nariz-. Slick Sam es la prueba viviente de que nuestro sistema legal necesita una buena reforma. ¿Quieres que la llame yo y se lo cuente?
Mac miró el reloj de la pared. Eran las doce. Le había prometido a Emily que volvería a casa a la una. Tenía tiempo para pasarse por el despacho de Jill y advertirle sobre Slick Sam.
– Lo haré en persona -le dijo-. Después llamaré al alcalde y al trabajador social desde casa. Todo lo demás puede esperar, ¿no?
Wilma abrió un poco más sus ojos de color avellana.
– Me imaginé que conocías a Jill.
– Nos conocemos desde hace mucho.
– Puede que su padre viva en Florida, pero todavía está muy informado.
Mac sonrió.
– Voy a advertirle sobre un posible cliente difícil, no a seducirla.
– Todo comienza siempre con una conversación. Ten cuidado.
¿Con Jill? Dudaba que fuera necesario. Ella era guapísima, sexy y estaba libre, pero también era la hija de un hombre que prácticamente había sido como un padre para él. De ninguna manera estaba dispuesto a traicionar aquella relación teniendo una aventura con Jill.
