– Puedes dejar de preocuparte por mí, Wilma. Lo tengo todo bajo control.

– Claro.


– Me he enterado de lo que ha ocurrido con Lyle -le dijo Rudy Casaccio, con su voz ronca y suave-. Puedo arreglarlo para que se ocupen de él.

Jill se estremeció, y después se cambió el auricular de oreja.

– Sé que no tenías intención de que sonara como ha sonado, y si la tenías, no quiero saberlo.

– Tú le has prestado un servicio excelente a nuestra organización, Jill. Sabríamos agradecértelo.

– Envíame una cesta de fruta en Navidad. Eso es más que suficiente. Y en cuanto a Lyle, yo misma me ocuparé de él.

– ¿Cómo?

– Todavía no lo he decidido, pero idearé algún plan -dijo, observando cómo la impresora expulsaba sus curriculum vitae-. Quizá ponga en práctica ese viejo refrán que dice que vivir bien es la mejor venganza.

– ¿Vas a quedarte en Los Lobos?

– No. En cuanto comience a trabajar para otro bufete, te avisaré.

– Bien. Mientras tanto, queremos que sigas llevando nuestros asuntos.

Verdadera legislación de grandes empresas, pensó Jill con nostalgia. Aquello era lo que realmente le gustaba.

– Tenéis que quedaros donde estáis, por el momento -dijo ella, suspirando-. No tengo los recursos para hacerme cargo de vuestras necesidades.

– ¿Estás segura?

– Sí, pero ha sido muy amable por tu parte el pedírmelo.

Rudy se rió.

– No hay mucha gente que me llame amable.

Ella se lo imaginaba. Rudy era un hombre de negocios muy duro, pero siempre se había portado bien con ella.

– ¿Estás segura de lo de Lyle? -le preguntó él-. Nunca me cayó bien.

– Estoy empezando a pensar que a mí tampoco debería haberme caído bien. Gracias, pero no te preocupes. Estaré bien.

– Si cambias de opinión…



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