
– No lo haré. Te llamaré cuando esté en un nuevo bufete.
– Hazlo, Jill.
Rudy se despidió y colgó. Jill hizo lo mismo. Después, se permitió lloriquear durante dos minutos por todo lo que Lyle le había hecho perder, y acto seguido se volvió hacia la impresora.
El aspecto de su curriculum era estupendo, y el contenido era aún más impresionante. Rudy era un hombre de palabra, así que Jill sabía que podría llevárselo al nuevo bufete para el que comenzara a trabajar. Los socios mayoritarios agradecerían los tres millones de dólares extra de facturación anual.
Alguien llamó a la puerta de su despacho. No podía ser Tina. Para empezar, aquella mujer nunca llamaba, y para continuar, había desaparecido un poco antes de las doce.
– Adelante -dijo ella, y se le cortó la respiración al ver que Mac entraba en el acuario de taxidermia.
– ¿Qué tal te va? -le preguntó él.
– Bien.
Aquélla fue la única palabra que pudo pronunciar. Oh, Dios, aquel hombre estaba despampanante, pensó mientras le echaba un vistazo a su uniforme marrón oscuro, que le marcaba con precisión los hombros anchos y las caderas estrechas.
– Está bien -dijo él, mirando a su alrededor por el despacho-. Creo que nunca había estado aquí.
Jill arrugó la nariz.
– Es un lugar que difícilmente olvidarías. Bienvenido a la central del pescado. Si ves alguno que te guste, por favor, dímelo. Estoy pensando en organizar un mercadillo.
Aunque, realmente, no podría hacerlo. Los peces le pertenecían a la señora Dixon y, hasta que Jill hablara con la viuda para que se llevara sus pertenencias, estaba atrapada.
Mac giró lentamente, y después sacudió la cabeza.
– Es una oferta muy generosa, pero no, gracias.
– Ya me lo imaginaba. Sabía que ni siquiera conseguiría regalarlos. ¿Has venido en visita oficial? ¿Debería pedirte que te sentaras?
– ¿Sólo puedo sentarme en ciertas circunstancias?
