
Ella se rió.
– Claro que no -dijo Jill, y rodeó su escritorio mientras le hacía un gesto hacia una de las butacas de los clientes-. Por favor.
– Gracias.
Él se sentó y la miró. Jill sintió que su mirada se detenía en su cara con una conexión tan intensa que casi era algo físico. Quería preguntarle si veía algo que le gustara. Quería inclinarse hacia él para que sus dedos reemplazaran a su mirada. Quería saber si él pensaba que era guapa, sexy e irresistible. Sin embargo, se contentó con tocarse el pelo para asegurarse de que todo seguía en su sitio.
– Lo llevas muy liso -comentó él.
– Gracias a los milagros de los productos capilares modernos, sí.
– Está bonito, pero me gusta más rizado.
Aquélla era una información que guardaría para más adelante.
– Pero supongo que no es eso por lo que has venido.
– No. He venido para avisarte de algo. Slick Sam fue arrestado por usar cheques falsos. Ha salido en libertad bajo fianza esta mañana, y es posible que venga por aquí pidiéndote que lo defiendas. Y probablemente, sería mejor que le dijeras que no.
Ella se irguió.
– ¿Y por qué? ¿Acaso no crees que sea capaz de llevar un caso penal? Te aseguro que soy muy capaz de defender los derechos de mis clientes en cualquier sentido. Además, no me gusta que me juzgues. No tienes ni idea de cuál es mi experiencia profesional. Tú no puedes saber si yo…
El arqueó una ceja y se recostó en el respaldo de la butaca.
– ¿Qué? -le preguntó Jill.
– Continúa. Tú te lo estás diciendo todo.
– Yo… -Jill apretó los labios. Bien, quizá fuera cierto que había reaccionado con demasiada vehemencia. Carraspeó y comenzó a colocar los papeles que había sobre su escritorio-. ¿Qué querías decirme sobre Slick Sam?
Mac sonrió.
– Creía que no me lo ibas a preguntar nunca. La última abogada a la que contrató, que también era una mujer muy atractiva, terminó dejándolo que se mudara a vivir con ella. Entonces, intentó aprovecharse de la hija adolescente de la abogada, le destrozó la casa y después se largó con su coche y todo el dinero que pudo robarle.
