
¿Mac pensaba que ella era atractiva? ¿Cuánto? ¿Podría preguntárselo?
De ninguna manera, se dijo, y se rió.
– Te agradezco el consejo, y me aseguraré de no estar en el despacho cuando él llame. Pero tengo que decir que estoy tentada a dejar a cualquier cliente que me robe el coche.
Capítulo 4
Aquella tarde, Jill llegó a casa a las cinco y le dio un beso en la mejilla a su tía.
– ¿Qué tal tu día de trabajo, cariño?
Jill pensó en Tina, en los peces y en la disputa del muro de cien años de antigüedad.
– Pues… no querrás saberlo.
– ¿Tan mal ha ido?
– Técnicamente hay muy poco de lo que pueda quejarme, así que no lo haré.
– Bueno. La cena estará lista en media hora. Tienes tiempo para cambiarte.
Jill abrazó a la mujer que siempre había estado allí cuando la había necesitado.
– Me encanta que cuides de mí, pero no he venido a invadir tu vida. Mañana mismo voy a empezar a buscar una casa para quedarme.
Bev sacudió la cabeza fuertemente.
– No te atrevas a hacerlo. Sé que no te vas a quedar para siempre en Los Lobos, así que quiero estar contigo durante el tiempo que estés aquí.
– ¿Estás segura? ¿No estoy estropeando tu vida social?
Bev miró al cielo resignadamente.
– Oh, por favor. Sabes que no salgo con nadie. Tengo que preocuparme por el don.
Ah, sí. El don. La conexión psíquica de Bev con el mundo, que le permitía ver el futuro. Tal y como su tía le había explicado muchas veces, el don conllevaba unas responsabilidades, como la de mantenerse pura… sexualmente.
– ¿Y nunca te cansas de estar sola? -le preguntó Jill, porque creyera o no creyera en el don de su tía, su tía vivía como si ella sí creyera en él.
