
Aparcó frente a la casa y bajó del coche. La tía Bev debía de estar mirando por el ventanal de la casa mientras la esperaba, porque salió por la puerta y comenzó a descender por las escaleras.
Beverly Antoinette Cooper, conocida como Bev por sus amigos, había nacido en una familia adinerada. No multimillonaria, pero sí lo suficientemente rica como para no haber tenido que trabajar por obligación, aunque hubiera sido profesora de escuela durante dos años, después de licenciarse. Delgada, con el pelo pelirrojo y una gran sonrisa, era la más pequeña de las dos hermanas de su familia. Se había mudado a Los Lobos cuando su hermana se había casado con el padre de Jill y habían decidido quedarse allí.
Jill estaba muy agradecida a aquel parentesco. Su tía no juzgaba ni criticaba a la gente. La mayor parte de las veces, ofrecía abrazos, cariño y, rara vez, consejos.
Bev pensaba que tenía un don psíquico, aunque Jill no estaba completamente segura de ello. En aquel momento, comenzó a sentirse mejor que nunca desde que había sorprendido a Lyle y a su secretaria en el escritorio, Jill caminó hasta la acera y allí se detuvo y sonrió.
– Estoy aquí.
Su tía sonrió.
– Bonito coche.
Jill se dio la vuelta y miró el BMW 545 negro.
– Es sólo un medio de transporte -dijo, encogiéndose de hombros.
– Mmm. Es de Lyle, ¿verdad?
– California es un estado en el que los matrimonios son en gananciales -dijo Jill-. Como él adquirió el bien después de nuestro matrimonio, el coche es tan mío como suyo.
– Te lo llevaste porque sabías que le pondrías furioso.
– Exacto.
