
– ¿Cómo?
– Sé que parece una forma muy tonta de expresar su dolor, pero sólo tiene ocho años. ¿Qué otra cosa puede hacer? Mac estaba muy agobiado cuando me explicó lo que ocurría, pero a mí no me importa que haga eso. Ha sido mucho más interesante hacer la comida.
– ¿Qué has hecho?
– La engañé mezclando el estofado de ternera con un poco de jugo de remolacha y poniéndolo en cuencos de colores para que no distinguiera bien el color. Al preguntarle si el color estaba bien, me dijo que sí. Después acordamos que el pan era neutral, e hicimos galletas con azúcar glaseada púrpura.
– Muy lista -dijo Jill, mientras seguía partiendo el pepino-. Y aparte de lo del color morado, ¿cómo es?
– Muy buena. Está un poco triste y confusa, pero tiene buen corazón. Y es lista. Estuvimos leyendo un poco esta tarde y está muy adelantada para su curso.
Jill puso el pepino en la ensaladera, y en aquel momento sonó el teléfono. Bev respondió y después la miró.
– Es para ti.
Ella se acercó y tomó el auricular que le tendía su tía.
– ¿Diga?
– ¿Jill? ¿A qué demonios crees que estás jugando?
Lyle. Jill arrugó la nariz.
– A ti nunca te ha parecido que la cortesía merezca la pena, ¿verdad, Lyle? -le preguntó, más resignada que molesta-. Eso siempre ha sido un error.
– No me hables de errores. No tenías ningún derecho a llevarte el coche.
– Por el contrario, tengo todo el derecho.
– Me has molestado mucho.
– Ah, gracias por compartir tus sentimientos conmigo. ¿Quieres que hablemos de las cosas por las que yo estoy enfadada? Porque tengo una lista muy larga, mucho más que un coche.
– Estás jugando a un juego que no vas a ganar, Jill. A propósito, el nuevo despacho es estupendo. Desde aquí veo el puente y la bahía.
