
– Muy bien hecho -su tía miró la camisa de Jill y arqueó las cejas-. ¿Comida para llevar?
Jill se miró la mancha que tenía en la camisa de algodón egipcio, hecha a medida. La tenía totalmente arrugada, al igual que los vaqueros. Le colgaban las mangas más allá de los dedos estirados y cabrían en aquella prenda dos Jill y media, pero era una de las camisas especiales que Lyle había encargado al módico precio de quinientos dólares. Tenía cuatro. Las otras tres estaban en la maleta de Jill.
– Burrito -dijo ella, mientras frotaba la mancha rojiza que tenía justo bajo el pecho derecho-. Quizá sea salsa picante. Paré en un restaurante por el camino.
– Dime que te lo comiste en el coche -le pidió Bev, con picardía-. Lyle estaba rotundamente en contra de comer en el coche.
– Hasta el último bocado -dijo Jill.
– Bien.
Bev extendió los brazos, y sin dudarlo, Jill se acercó a ella para que la abrazara. Había estado conteniéndose durante dos días, pero necesitaba dar rienda suelta a sus emociones. Notó que se le enrojecía la cara, una opresión en el pecho y un escalofrío.
– Lo vi haciéndolo con otra -susurró, con la voz ronca de dolor y las lágrimas por las mejillas-. En su despacho. Fue tan repugnante. Ni siquiera se había quitado la ropa. Tenía los pantalones en los tobillos, y estaba ridículo. ¿Por qué ella no le obligó a desnudarse?
– Algunas mujeres no tienen respeto por sí mismas.
Jill asintió.
– Yo siempre le hacía desnudarse.
– Lo sé.
– Pero eso no fue lo que más me dolió -continuó, con los ojos ardiendo-. Me robó el ascenso. Había trabajado muchísimo y había llevado muchos clientes a la empresa, pero él consiguió ese ascenso y me despidieron.
Siguió llorando, empapándole el hombro a su tía.
– Y lo que no entiendo es por qué estoy más enfadada que herida -dijo, con la voz entrecortada-. ¿Por qué me importa más mi trabajo que mi matrimonio?
