– Tengo que ir a ducharme -dijo, mientras dejaba en el plato la galleta mordisqueada-. No me duché antes de salir de San Francisco, esta mañana.

Mientras hablaba, estiró el brazo hasta detrás de la cabeza y tomó un mechón de sus rizos. Cuando se había duchado, el día anterior, no se había molestado con su ritual diario de alisamiento para intentar domesticar su pelo imposible. Usaba un secador con un cepillo alisador, unas planchas y al menos cuarenta y siete productos distintos. Por no haberlo hecho, en aquel momento seguramente parecía la novia de Frankenstein después de haber metido el dedo en un enchufe. Seguramente no estaba especialmente atractiva.

Jill se puso de pie. Debido al hecho de que no había dormido demasiado durante aquellos dos días y también al coñac, las rosas del papel de la pared comenzaron a girar.

– Esto no puede ser bueno -murmuró.

– Te sentirás mucho mejor después de una ducha -le dijo su tía-. Te acuerdas de dónde está todo, ¿verdad?

– Sí. En el piso de arriba -dijo, aunque en aquel momento, la idea de tener que subir las escaleras la mareaba.

En aquel instante, sonó una alarma en la cocina, y a la vez, alguien llamó a la puerta. Su tía se levantó y le hizo un gesto a Jill para que fuera a abrir.

– Mira a ver quién es. No me fío de ti para que saques una bandeja de galletas calientes del horno en tu estado.

– Bien.

Jill se dirigió al vestíbulo, y sólo chocó contra la pared una vez. Se vio a sí misma como un coche de choque, lo que la hizo reír tontamente. Todavía se reía cuando abrió.

Sólo había unas cuantas cosas que podrían haber empeorado su situación en aquel momento: la muerte o un accidente de una persona querida, la idea de que nunca podría salir de Los Lobos y volver a ejercer en una ciudad grande y, por último, el hecho de ver a Mackenzie Kendrick en aquel estado físico y mental.



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