– Tess -repitió él-. Debía habérmelo imaginado. Bueno, me alegro de conocerte, Tess. Si me concedes un segundo, sacaré la pata del cubo de agua fría en que la acabo de meter y podemos empezar desde el principio otra vez.

Tess se rió. Incluso cuando estaba avergonzado aquel hombre era, sencillamente, encantador.

– ¿Se supone que acaba de pedirme disculpas, señor Drew?

– Llámame Drew sólo. Es mi nombre de pila. Y ya que nos estamos tuteando, tal vez te sea más fácil perdonarme por lo que acabo de decir.

– Te perdono sólo si tú me perdonas por haberte puesto una bandeja en la mano y haberte lanzado a la jaula de los leones.

– Hecho -respondió él y le estrechó la mano-. Y ahora, ¿por qué tú y yo no salimos de aquí y nos perdemos en algún lugar recóndito donde nos podamos ofender mutuamente sin ser perturbados.

Tess se rió nerviosamente. Por un momento, había pensado que la proposición iba en serio. Pero pronto se dio cuenta de que era parte del juego.

– Estoy trabajando, no me puedo escapar.

– Le explicaré a quien ostenta el poder que tienes un buen motivo -insistió él y miró hacia la señora Lavery.

– Pero si el poder eres tú -replicó Tess-. La señora Lavery me dijo que eres un miembro de la junta directiva. ¿Eres famoso? ¿O eres asquerosamente rico? Tienes que ser lo uno o lo otro.

Él le dio un sorbo a su champán.

– Ninguna de las dos cosas. Sólo me gusta el arte y me quedan bien el smoking.

Tess suspiró. No le cabía duda de que le debía quedar bien cualquier cosa. Sus hombros anchos, caderas estrechas y piel tostada eran sólo un cincuenta por ciento de su encanto. Su pelo, alborotado e informal, contrastaba con la prestancia de su figura engalanada, añadiendo aún más atractivo al conjunto.



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