– ¿Aceptarías, al menos, bailar una vez conmigo?

¿Hablaba en serio? ¿De verdad esperaba que saliera a la pista de baile con él? Después de todo, aquel hombre no podía encontrarla atractiva. Ella atraía sólo a hombres con serios problemas psicológicos o con esposas. Era su hermana Lucy la que atraía a hombres como aquel.

– Gracias, pero ya he pasado suficiente vergüenza como para añadir un capítulo más -respondió Tess. No sabía bailar… aunque, en brazos de un hombre así, cualquier mujer debía parecer hermosa y grácil. La idea de que sus brazos la rodearan, de que sus labios rozaran los de ella con suavidad la estremeció.

– ¿Es eso un sí? -preguntó él.

Lo miró sorprendida.

– ¡No! No puedo. Se supone que estoy trabajando. No estaría bien que la empresa organizadora disfrutara de las fiestas que le pagan por organizar.

– Pues no pienso admitir un no por respuesta -respondió Drew-. Si no podemos bailar aquí, encontraremos el lugar adecuado.

La agarró de la mano y juntos atravesaron la puerta de la cocina, pasaron la zona de camareros y salieron a la parte de atrás del museo.

Drew se detuvo junto a las basuras.

– ¿Mejor aquí?

Tess miró el escenario.

– Sin duda, ha habido un cambio… y el olor, bueno, podría ser peor.

El lugar era terrible, pero con aquel hombre, hasta el basurero podía resultar romántico.

– Quiero que sepas que eres la primera chica a la que traigo aquí -le susurró al oído.

– Me conmueve tu confesión -bromeó ella-., La mayoría de los hombres con los que salgo insisten en llevarme a maravillosos restaurantes y elegantes y clubes, pero esto…

– Tengo un armario para las escobas al que me gustaría llevarte para conocernos mejor…

Bailaron al compás de su silbido. Ninguno de los dos decía nada, pero había una mutua atracción que no tenía que explicarse con palabras. La magia del instante hacía que se olvidasen del olor y de los espectadores que, desde los ocultos rincones de sus ratoneras, observaban la escena.



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