
Eso era lo que necesitaba en aquel momento, después de haber decidido que quería una mujer en su vida.
A Drew no le habían interesado nunca las relaciones largas. Pero últimamente sentía que su vida estaba vacía. Había viajado por todo el mundo, había trabajado en proyectos increíbles, había tenido todas las oportunidades que cualquier arquitecto podría soñar. Profesionalmente, su vida era perfecta. Pero cuando regresaba a casa, sólo se encontraba el frío de unas paredes sin vida.
De pronto, había empezado a envidiar a esos hombres que tienen esposas y a quienes sus familia esperan a la mesa. Había recapacitado sobre aquello en sus viajes de vuelta desde Tokio y había tomado la decisión de buscar una esposa hacía dos meses.
El cambio, no obstante, no había sido tan brusco. Un año atrás ya se había decidido por un acuario del peces tropicales, que esperaba hubieran dado a la casa un toque de alegría, y que hubieran hecho sus regresos menos solitarios.
Pero los peces no eran grandes conversadores.
Así que se decidió por un perro: el mejor amigo del hombre: Eligió el chucho más feo que encontró, no un engreído y autosuficiente perro con pedigrí.
Pensó que así tendría un amigo más apreciativo. El perro, sin embargo, prefirió a los peces que a Drew.
Cuando éste, cansado de alimentar a un can que obviaba su presencia, optó por regalar los peces, Rufus se decidió por la televisión.
El único ser humano con quien Rufus se relacionaba era Elliot Cosgrove, el encargado de Drew.
Elliot cuidaba la casa de Drew cuando éste estaba de viaje. Y, por algún extraño motivo, el perro y él parecían compartir un lazo secreto que los unía de un modo que Drew no podía comprender. Sólo podía intuir lo que veían el uno en el otro: un hombre tímido, triste y solitario y un perro huérfano.
De no haber sido por su empeño en ganarse a Rufus, Drew habría acabado por regalárselo a Elliot.
