
Sin embargo, no estaba dispuesto a admitir que todas las relaciones de su vida fueran un fracaso. Si no podía, ni siquiera, hacer prosperar su relación con un perro, ¿cómo iba a conseguirlo con una mujer?
Todo el mundo esperaba que Andrew Wyatt se casara con alguna de las hijas de buena familia de la zona.
Pero aunque por sus trabajos tuviera que moverse en los círculos adinerados, no pertenecía a ellos. Tenía muy poco en común con sus clientes. Después de todo, el no era más que el hijo de un albañil y una profesora de matemáticas, nada de sangre azul en su familia.
Su amistad con gente como Marceline Lavery había sido buena en aquella ocasión, eso tenía que admitirlo, pues había podido conocer a Tess Ryan.
Había conseguido, además, el teléfono de Tess, fingiendo un interés profesional.
Si no aparecía por la puerta, podría llamarla en un par de días con la excusa de querer organizar una fiesta o algo similar. O, sencillamente, podría invitarla a salir.
Lo que tenía muy claro era su resolución de no dejar escapar a una mujer tan atractiva e interesante como Tess Ryan.
Y, después de todo, no podía rechazarlo. A ojos de la sociedad de Atlanta era uno de los solteros de oro. Siempre tenía una cola de pretendientes al trono que esperaban una mirada suya.
Pero no solía superar las segundas citas con ninguna de ellas. De hecho, hacía seis meses que no tenía, ni siquiera, una primera cita.
Drew oyó ruido de tacones sobre el suelo y vio aparecer una figura familiar.
– Deberías haber apostado, señorita Ryan.
Ella se sobresaltó y miró hacia la oscuridad de la que emergía la voz. Su sorpresa se tornó en sonrisa al verlo aparecer de entre las sombras.
– Te dije que nos volveríamos a ver.
– De haber sabido que estabas aquí, te habría puesto a trabajar. Ya he visto que eres bueno con la bandeja. Seguramente, también lo habrías sido con la escoba.
