
– Me gustaría acompañarte hasta tu coche -dijo Drew-. Y de camino trataría de convencerte para que te tomaras una última taza de café conmigo.
Lo miró extrañada, con una mezcla de desconcierto, placer y aprensión.
– ¿Me estás pidiendo que me tome un café contigo, ahora, esta noche?
– ¿Tienes otros planes? -preguntó él dulcemente-. Lo siento, supongo que estarás cansada… no debería haber asumido que…
– ¡No! -dijo Tess-. Simplemente, es que estoy sorprendida. No suelo salir mucho. Con este trabajo, me resulta difícil conocer a hombres. Este tipo de cosas suelen sucederle a mi hermana, no a mí. Ella siempre conoce hombres como tú.
Drew la agarró de la mano y se la enroscó al brazo. Sus dedos eran delicados y suaves. Habría deseado haberla podido observar con más detenimiento, haber podido descubrir que era lo que la hacía tan perfecta.
– ¿Hombres como yo? ¿Y cómo son los hombres como yo?
Lo miró de reojo.
– No estás casado, ¿verdad?
Drew dijo que no con la cabeza. La mirada inocente de aquellos grandes ojos verdes lo cautivó.
– ¿Tampoco tienes problemas psicológicos, ni has estado en el psiquiátrico? ¿No llevas ropa interior femenina?, ¿no te sientes atraído sexualmente por mis zapatos?
Drew volvió a decir que no.
– Entonces, eres el tipo de hombre que nunca encuentro -dijo Tess.
Él sonrió.
– Tal vez tu suerte acaba de cambiar -respondió.
Echaron a andar en dirección al aparcamiento, mientras charlaban amigablemente.
La verdad era que el final de fiesta empezaba a resultar bastante más prometedor que su desastroso principio.
Se detuvieron, por fin, junto a un BMW de color negro.
– ¡Maldita sea! -exclamó él-. Me han pinchado las ruedas delanteras y eran nuevas.
– Las de atrás también -dijo ella.
Drew rodeó el coche.
– ¡Están todas pinchadas!
Tess miró de un lado a otro.
