– Tú coche es el único. ¿Por qué querría alguien hacerte esto? -preguntó preocupada.

Drew sacó el teléfono móvil y marcó un número.

– Estoy llamando al Club del automóvil. Ellos vendrán a recoger el coche. Luego podemos irnos en tu coche.

Espero unos segundos y pronto obtuvo respuesta.

– Sí, soy Andrew Wyatt -dijo, mientras sonreía a Tess.

Pero ella no le devolvió la sonrisa.

– ¿Andrew? -susurró-. Pensé que tu nombre era Drew.

La miró alarmado, ante el gesto de horror que ella acababa de poner.

– Drew es el diminutivo de Andrew -le explicó. Había pensado que ella sabía perfectamente quién era. Incluso había una foto de él en el recibidor de entrada, en el panel con las fotos de los miembros de la junta directiva. Por eso ella había actuado de un modo tan extraño. Ni siquiera sabía quién era.

Alguien le hizo una pregunta y él respondió.

– Sí, estoy en el aparcamiento del Museo de Arte de Clairmont. Me han pinchado las ruedas.

– ¿Eres arquitecto? -le preguntó Tess.

Él asintió, mientras escuchaba las instrucciones que le daba el operador del Club del automóvil.

Pero no dejaba de observar con extrañeza a Tess, cuyo cambio de actitud le resultaba incomprensible.

– Me tengo que ir -dijo ella sin más preámbulos y echó a andar mientras se justificaba-. Lo siento Acabo de recordar que tengo algo que hacer.

Drew frunció el ceño e hizo un amago de acercar se a ella.

– Espera. Sólo me llevará unos minutos.

– No -dijo Tess-. De verdad que tengo que irme cuanto antes. Gracias por la invitación… señor… Wyatt.

– ¡Tess, por favor, vuelve! ¿Qué ocurre?

– Nada -dijo ella-. Simplemente, que me tengo que ir. Que se lo pase bien.

– Te acompaño al coche.

– No, gracias.

Drew se apoyó sobre su BMW y vio cómo Tess desaparecía. Se frotó las sienes y trató de comprender algo.

No tenía sentido lo que acababa de suceder. Un segundo antes, Tess y él parecían disfrutar de su mutua compañía y, de repente, había desaparecido. ¿Qué había hecho mal? ¿Es que realmente provocaba ese efecto en todo el mundo?



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