
Él sonrió al verla aparecer.
– ¡Tess!
Clarise pareció realmente aliviada. Le dio la taza a Drew y salió rápidamente de la habitación. Drew se aproximó a Tess.
– ¡Buenos días! -dijo, con esa voz suave y melosa que alteraba el sistema nervioso de Tess.
– Buenos días -respondió ella, con la mente completamente en blanco, mientras trataba de pensar en algo inteligente que decir-. ¿Qué haces aquí?
– Me pareció buena idea venir a verte -dijo él, mientras se acercaba un poco más-. ¿Estás bien? Te veo un poco pálida.
Tess apartó la cara. Claro que estaba pálida. ¿Qué podía esperarse, después de que se le había caído encima una lata entera de pintura blanca?
– Es que estoy cansada. No he dormido bien.
– Yo tampoco -murmuró él. Se aproximó otro poco más. Ella querría haber podido cerrar los ojos, haberse podido dejar embriagar por su aroma-. He estado pensando en ti toda la noche.
– ¡Vaya! -Tess se sintió desconcertada-. No es por eso por lo que yo no pude dormir… quiero decir, estuve pensando en ti… pero no…
Se interrumpió durante unos segundos que parecieron horas. Por fin reaccionó de nuevo.
– ¿Qué te trae por aquí? -volvió a preguntar.
– Pensé que, tal vez, podríamos comer juntos. Después del chasco de anoche…
– ¿El chasco?
– Me refiero a lo de las ruedas… íbamos a tomar café juntos. Se me ha ocurrido que podríamos empezar de nuevo y que un buen modo sería comer juntos.
Tess miró a la suculenta bandeja que había sobre la mesa, luego miró a Drew de nuevo.
– La verdad es que no tengo mucha hambre. Quizás en otra ocasión…
Drew la miró en silencio, mientras trataba de entender aquella reacción.
– ¿Estás bien? Te fuiste tan rápido anoche… Ni siquiera tuvimos la oportunidad de charlar un rato.
Tess se volvió hacia la cafetera y se sirvió una taza de café.
