– ¿Jugar, señor? ¿Se refiere a tenis, squash, etc.? -Elliot bajó la cabeza y sacó otro taco de papeles-. Según parece, Lubich ha presentado otro proyecto para la construcción del centro cívico.

– Ya conoces a las mujeres -dijo Drew-. Lo lían todo, hasta que no sabes dónde está la cabeza y dónde los pies. Es como tratar de construir una casa sólo con plumas. Y cuando el viento sopla con fuerza, ¿qué te dejan?

Elliot lo miró perplejo.

– No lo sé. ¿Plumas, señor?

– ¡Nada, no te dejan nada? -Drew dio un puñetazo sobre la mesa-. ¿Ha habido alguna mujer en tu vida?

– Sí, señor, la hubo. Una. Solamente una. Pero no funcionó. Tuvimos que romper -Elliot se ruborizó y siguió con la vista fija en los papeles-. Lubich podría causarnos problemas.

– ¿Por qué?

– Ya sabe. Hay hombres que no se detienen ante nada para llegar a donde quieren.

– No me refiero a eso, sino a por qué rompisteis.

– No era el hombre que ella creía que era -murmuró Elliot-. Sobre este contrato, creo que debería…

– Pero Tess ni siquiera me conoce. Sólo pasamos una hora juntos. Por eso no puedo entender que me rechace de ese modo. Generalmente causo una buena primera impresión. Suelen considerarme simpático. Quizás sean mis dientes -se los tocó preocupadamente.

– Es usted realmente simpático, señor y sus dientes son perfectos, se lo aseguro -el comentario de Elliot fue demasiado entusiasta, lo que hizo a Drew decidirse por un cambio de tema. El hombre no parecía sentirse cómodo con el tema-. Deberíamos hablar del viaje a Tokio.

Pero Drew seguía completamente perdido respecto a Tess.

Y el problema no era, en absoluto, que se sintiera mal por haber sido rechazado. El problema era que le gustaba de verdad. Estaba ansioso por oírla reír de nuevo, por ver sus grandes y expresivos ojos verdes iluminarse de emoción, por conversar con ella.



28 из 110