Drew lo miró perplejo.

– ¿Rufus? ¿Mi perro?

– Sí, señor. Yo no quiero meterme en su vida familiar, señor, pero me da la sensación de que su estado anímico es causado por las cosas que ve en televisión cuando su asistenta está en casa. No tiene ningún cuidado. Mientras estuve con él, lo obligué a iniciar un programa de ejercicios y pasamos una gran parte del tiempo hablando.

– ¿Hablaba con mi perro? Por favor, no me diga que le respondía, porque tendría que empezar a buscarme otro encargado.

Alguien llamó a la puerta en aquel preciso instante.

– Señor Wyatt, hay una policía aquí. Parece que quiere hablar con usted. También ha llegado el señor Eugene, del comité.

Elliot frunció el ceño.

– ¿Policía, señor?

– Sí, alguien me desinfló las ruedas anoche y puse una denuncia. Pero, la verdad, no esperaba que respondieran tan rápido.

Elliot siguió a Drew y a Kim al área de recepción de la oficina.

Los miembros del comité estaban cómodamente instalados en su lugar correspondiente, mientras la policía aguardaba junto a la mesa de Kim.

La policía sonrió.

– ¿Señor Andrew Wyatt?

– Sí. ¿Ha encontrado usted al gamberro que me pinchó las ruedas?

La policía se aproximó a él, hasta que su boca estaba a sólo unos milímetros de la suya. Lentamente bajó la mirada hasta su bragueta.

– ¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?

Nada más decir esto, metió la mano en la bolsa de lona que llevaba y una música sensual resonó lasciva entre las austeras paredes de la recepción.

Se volvió hacia Drew vigorosamente, se abrió de golpe la camisa, rebelando dos pechos turgentes y excesivos, sugerentemente ocultos bajo un sexy sujetador de encaje negro.

Aquella situación no podía estar dándose, no podía ser verdad. La policía no era tal.

Los miembros del comité cívico de la Junta Municipal estaban boquiabiertos. Kim ocultaba con horror la cara entre las manos, mientras miraba por entre los dedos. Y Drew… estaba mudo y perplejo.



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