Por fin la bailarina se quitó todo lo que la cubría menos un diminuto tanga y Drew no pudo por menos que soltar una carcajada ante lo absurdo de la situación.

¿Quién demonios podría haberle hecho eso?

Mientras la mujer se movía provocativamente entre los miembros del comité, Elliot le susurró una respuesta a la pregunta no formulada.

– Lubich, Esto es cosa de Lubich. Ya le dije que sería capaz de cualquier cosa.

La última vez, había intentado promulgar el bulo de que los materiales que utilizaba Wyatt & Associates eran de segunda categoría. Pero la empresa ya se había ganado la sólida fama de ser una industria de primera.

Tal vez, la desesperación le había llevado a hacer algo como aquello.

La bailarina se volvió hacia él y, disimuladamente, Drew le puso un billete en la mano.

– Gracias, con esto es suficiente.

Ella sonrió, le enroscó un brazo al cuello y lo besó amorosamente en la boca.

– Me alegro de que le haya gustado. También hago pases privados.

Drew le dio otro billete.

– ¿Quién te ha enviado?

Ella sonrió pícaramente.

– Eso es un secreto.

Drew se apartó de ella, la ayudó a recopilar la ropa que había ido dejando por todas partes y la guió hacia la puerta.

– Que tengas un buen día -le dijo con una amigable sonrisa.

Al volverse hacia la recepción, todos los ojos estaban fijos en él. ¿Qué debía hacer en aquella situación? ¿Debía fingir que no había sucedido nada? No parecía la opción más razonable. ¿Debía intentar explicar lo ocurrido? Pero, ¿qué explicación podía dar, cuando ni él mismo sabía explicárselo?

– Mi madre siempre aparece en el momento más inoportuno -optó por decir-. Generalmente, viene con una cesta llena de galletas, pero hoy…

Los miembros del comité lo miraron nerviosamente. No sabían muy bien qué decir o cómo tomarse el comentario. De pronto, una pequeña carcajada resonó. Era el señor Eugene. Cinco segundos después todos estaban riendo y recapitulando sus partes favoritas del striptease.



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