
Drew los condujo hacia la sala de reuniones. Antes de entrar se volvió hacia Kim y Elliot.
– Quiero que averigüéis quién ha mandado a la bailarina. Si es necesario, contratad un detective privado.
– ¿Quiere decir que no sabe quién lo ha hecho?
– ¡Por supuesto que no! Puedo estar de acuerdo en que tal vez haya sido Lubich, pero no tengo la certeza de que así sea. Creo que, además, está vinculado con lo de las ruedas de anoche. Así es que quiero saber qué está pasando.
– ¿Qué hago, entonces: averiguo lo de la bailarina o lo de Tess Ryan? -preguntó Kim, con su habitual eficiencia.
Drew se quedó pensativo.
– Kim, tú te ocupas de Tess Ryan y Elliot de la bailarina. Quiero tener algo concreto para el final del día.
Nada más decir eso se volvió hacia la sala de juntas. Definitivamente, llevaba demasiado tiempo ya pensando en mujeres vestidas y desnudas. Era el momento de ponerse a trabajar.
– ¡Feliz cumpleaños!
Un montón de aplausos resonaron y Tess sonrió desde detrás de una enorme tarta con forma de cabeza de vaca.
Todos los asistentes al cumpleaños iban vestidos con trajes del lejano Oeste y el niño del cumpleaños sonrió alegre. Acababa de soplar sus cincuenta velas sin fallar ni una.
La esposa de Arthur Duvelle, Eleanor, lo besó en la mejilla.
Aquella resultó ser una de las mejores fiestas que jamás había organizado. Había balas de paja y la comida se servía en diligencias. La barbacoa resultó excelente y la banda de música country daba el toque perfecto.
Incluso había contratado a unos vaqueros para poner la guinda a la fiesta y unos cuantos asistentes ya lo habían intentado sobre un potro mecánico.
– ¡Una estupenda fiesta!
