Tess se volvió con una sonrisa para recibir el cumplido que le acababan de hacer. Pero la sonrisa se le congeló en la boca.

– ¿Qué… qué diablos haces aquí?

Drew se aproximó a ella.

– ¿Te echaba de menos? ¿No tenía más remedio que verte? Te parecen buenas razones, ¿o quieres que mienta?

– ¡Esta es una fiesta privada! No puedes estar aquí.

– Te echaba de menos.

– ¡Tienes que irte!

– ¡Pero yo no quiero irme!

Tess miró nerviosamente a Arthur Duvelle. Éste acababa de volverse hacia ella. Era el momento de partir la tarta. Pero antes de seguir con su trabajo, tenía que librarse de Drew.

– Por favor -le dijo-. Dime qué quieres y márchate.

Se cruzó de brazos y la camisa vaquera que llevaba le marcó los músculos de los hombros. No podía estar más guapo. Incluso podría decirse que le quedaban mejor los vaqueros que el smoking. Sintió un ejército de hormigas en el estómago.

– Bien, ¿qué quieres? -le dijo.

– Quiero que salgas conmigo -le dijo-. Podemos ir a cenar o al cine.

Tess sabía que debía rechazar la propuesta, pero no estaba en situación de hacerlo.

– De acuerdo -le dijo-. Siempre y cuando te marches de inmediato.

Él sonrió.

– ¿Cuándo?

– Cuando quieras. Llámame a la oficina mañana por la mañana y decidimos una noche. ¡Ahora vete!

En aquel preciso instante, Arthur Duvelle comenzó a caminar hacia ellos.

– ¡Vete!

Pero Duvelle ya había visto a Drew. Frunció el ceño y se aproximó a él con un gesto de confusión.

A Tess se le congeló el corazón. Trataba de encontrar una excusa, pero su mente estaba igualmente paralizada.

¡Ya lo tenía! Le diría que Drew la había ayudado con la decoración.

– ¿Wyatt? -Duvelle se quitó el sombrero de vaquero-. ¡Vaya sorpresa!

Drew se aproximó a él con la mano extendida.

– ¡Arthur! Feliz cumpleaños. Supongo que ya te han dicho que cada día estás más joven.



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