
Duvelle tomó la mano de Drew.
– Eleonor me dijo que no podrías venir, que estabas en Tokio.
– He vuelto hace unos días -le dijo Drew-. No podía perderme otra vez la oportunidad de hablar de mi proyecto favorito. ¿Cuándo me vas a dejar que añada el invernadero de Eleanor?
– Ya hablaremos de eso -le dijo Arthur-. Dentro de poco será su cumpleaños y sería un buen regalo, ¿no crees?
Drew se rió.
– Afilaré el lápiz y me pondré manos a la obra.
Con esto, Arthur se unió a la multitud de amigos que lo acompañaba, y dejó a Tess contemplando la paleta de cortar tartas que tenía en la mano.
Andy Wyatt le había hecho chantaje. ¿Por qué demonios siempre conseguía lo que quería?
Se aproximó a él, paleta en mano.
– ¿Debo temer por mi vida o me perdonarás por este pequeño juego?
Tess suspiró exasperada y se dirigió hacia la mesa, mientras él la seguía de cerca.
– ¡Me has engañado!
Drew se rió y tomó un bollo de crema de la mesa.
– Y tú has vuelto a sacar una conclusión errónea sobre mí. Soy un invitado más. No me he colado.
– Pero tú odias las fiestas. ¿Qué te hizo decidirte a venir a ésta?
Se chupó los dedos con deleite.
– Tú.
Ella se ruborizó.
– ¿De qué conoces a Arthur Duvelle?
– Diseñé su casa y varias de sus oficinas. Somos viejos amigos -la agarró del codo-. Somos tan amigos, que seguro que no le importa que te robe unos segundos.
Tess dejó la paleta. Por suerte, ya había repartido una gran parte de la tarta.
– De acuerdo, puedo escaparme un momento.
Drew la agarró de la mano, enlazando sus dedos con los de ella, y se fueron a un rincón del jardín.
– Bueno, supongo que tenemos una cita -dijo ella-. Aunque ha sido el resultado de la manipulación y el chantaje, mantengo mi palabra. A menos que sientas remordimientos y me quieras liberar de mi promesa.
Drew la miró con ojos de animalillo desvalido.
