
– ¡No! De verdad que me apetece salir contigo -le dijo. Pero se aseguró a sí misma que por muy diferentes motivos a los de él. Ya había empezado a trazar un plan. Se vengaría de él por lo que le había hecho a Lucy. Le haría creer que estaba interesado en él y, cuando llegara el momento oportuno, le haría el peor de los desplantes.
Lo más fácil podría haber sido seducirlo, llevarlo a la cama y haberlo dejado hambriento durante el resto de su vida. Pero, por su falta de práctica, no confiaba en exceso en su capacidad de seducción, ni en sus habilidades en la cama.
Lo más práctico era enamorarlo locamente. Por supuesto que eso le llevaría más tiempo, pero iba bien encauzada. Su insistencia era una clara prueba de ello.
Tess sonrió.
– Llámame.
Él asintió y, sin previo aviso, se inclinó y besó sus labios.
– Creo que lo mejor que puedo hacer es marcharme ahora. Te llamaré mañana.
Le pasó un cálido dedo por el lugar exacto en que acababa de sembrar su beso y se marchó.
Tess se quedó con una agradable e inesperada sensación en el cuerpo.
No le debería haber gustado aquello, pero le gustó.
No debería de haberse quedado ansiando un beso más intenso, pero se quedó.
Y jamás debería haber aceptado una cita, pero había aceptado. Iba a tener que ejercer un extraordinario auto control para no caer irremisiblemente en sus redes.
Se sentó en el banco de mármol que tenía al lado. Iba a ser francamente difícil. Si acababa de besarla frente a toda aquella gente, era porque nada lo frenaría.
– ¿Qué demonios estoy haciendo? -se preguntó-. Este es un juego peligroso, Tess Ryan y tienes todas las papeletas de ser tú la que acabe con el corazón roto. Vas a perder, tal y como perdió Lucy.
– Tienes una cita, ¿verdad?
Tess miró a su hermana por encima del hombro.
Su hermana llevaba una elegante bata de seda y la cascada de pelo negro caía sobre sus hombros. Todavía lo tenía mojado.
