– Yo no puedo planear eso por ti. No funcionaría.

– Sí, sí puedes. Confío en ti.

Tess consideró la idea durante unos segundos.

Suspiró.

– De acuerdo. Pero lo haré sólo si dejas de llorar, te marchas de mi habitación y me dejas dormir. Discutiremos todo esto mañana; cuando vuelva de la fiesta, ya se me ocurrirá algún plan.

El rostro de Lucy se iluminó.

– ¿Qué le vas a hacer? ¿Será doloroso? Debería de ser un poquito doloroso.

– No sé lo que vamos a hacer. Ya se me ocurrirá algo.


Tess estaba en una esquina de la amplia cocina, devorando con ansiedad la uña del dedo gordo de su mano derecha, mientras observaba con desesperación la nefasta actuación de los camareros.

Tess había intentado poner un poco de orden al caos existente, pero no lo había logrado. El jefe de camareros había desaparecido y los comensales aceptaban con resignación aquella situación por miedo a que una protesta acabara por tener consecuencias aún más negativas.

El problema había sido que su catering habitual estaba reservado para aquella noche y había tenido que recurrir a una empresa desconocida. Le gustaba conocer a sus proveedores, pero en aquella ocasión no había podido elegir.

Necesitaba encontrar al responsable de aquella catástrofe, para que pusiera fin a lo que, en breve, acabaría por ser su ruina.

Por fin, al otro lado de la cocina, divisó una figura vestida de blanco. Tess atravesó la estancia y llegó hasta él. Debía de ser el jefe de camareros.

– ¡Ya era hora de que apareciera! -le gritó. Tomó la chaqueta que llevaba en la mano y le puso una bandeja-. He pedido veinte camareros y me ha enviado dieciséis, pedí un supervisor de personal y usted lleva desaparecido ni se sabe el tiempo.

Tess levantó la vista y se encontró con sus ojos. La reprimenda se desvaneció en su boca y se fundió con una sonrisa encandilada. Nunca antes se había encontrado con un hombre tan guapo. Además, su sonrisa, a medio camino entre el encanto más devastador y humor más fino, era insoportablemente conquistadora.



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