
– ¿Cómo se llama? -le preguntó y, rápidamente, se recordó a sí misma que no estaba bien flirtear con alguien que trabajaba para ella y que, además, estaba siendo un absoluto irresponsable.
– Mis amigos me llaman Drew. ¿Y su nombre?
Su voz era rica y profunda. Tess hizo lo que pudo para obviar la impertinencia de su gesto y su sonrisa.
– Pues bien, señor Drew, si tuviera alguna experiencia en el trabajo que hace, ya sabría que yo soy la mujer que lo ha contratado. Y también seré la mujer que hará de su vida un infierno si no se pone a dirigir al personal. No hay champán, los camareros son lentos y todo está lleno de platos sucios y servilletas usadas. Ahora, haga el favor de salir ahí y hacer su trabajo.
Tess señaló la puerta y él contuvo una carcajada.
– Me encantan las mujeres que saben lo que quieren -dijo y salió con la bandeja.
– Bueno, tal vez ahora podré relajarme un poco.
Pero su tiempo de asueto duró menos de tres minutos.
Pronto apareció Marceline Lavery, toda envuelta en perlas y diamantes. Marceline, ex miss Georgia, era la presidenta del comité directivo del museo de arte y la anfitriona de aquella fiesta benéfica.
– Señorita Ryan, ¿me concede un momento?
Tess se apresuró a atender a su cliente, una de las más antiguas y mejores que había tenido. Llevaba ya muchos años organizando fiestas benéficas para la señora Lavery, así como muchas de las que se daban en su mansión en Paces Ferry Road. Incluso se encargaba de la barbacoa Lavery, uno de los eventos sociales más importantes de Atlanta.
– ¿Hay algún problema?
Marceline se aclaró la garganta.
– Hay un miembro del comité directivo sirviendo canapés.
Tess se tapó la boca con la mano y contuvo su horror.
