– ¿En serio? -preguntó.

Una ráfaga de viento frío atravesó el arroyo, esparciendo unas cuantas hojas empapadas y dando de lleno en la sudadera con capucha de Kristi. La lluvia se había detenido por el momento, pero el cielo estaba plomizo y cubierto de nubes, y varios charcos se extendían sobre el agrietado pavimento.

– No es que no crea que debas regresar al colegio -explicó Bentz, apoyando su cadera contra el compartimento de la rueda de su Honda y, al menos hoy, representando la viva imagen de la salud: con su piel sonrosada y su cabello oscuro con solo unos pocos mechones grises-. Pero… ¿toda esa idea de convertirte en escritora de novelas policíacas?

Ella levantó una mano, luego recolocó algunos objetos en la parte posterior del coche, de forma que le permitieran ver por el espejo retrovisor.

– Sé dónde quieres llegar. No quieres que escriba sobre ninguno de los casos en los que has trabajado. No temas. No pienso pisar terreno sagrado.

– No se trata de eso y lo sabes -replicó. Apareció un rastro de enfado en sus profundos ojos.

Bien. Que se cabree. Ella también estaba irritada. Ambos habían pasado las últimas semanas poniendo a prueba los nervios del otro.

– Estoy preocupado por tu seguridad.

– Bueno, pues no lo estés, ¿de acuerdo?

– Deja ya esa actitud. Hablas como si no hubieras sufrido ya una experiencia traumática.

Sus ojos se encontraron, y ella supo que su padre estaba reviviendo cada aterrador segundo de su asalto con secuestro.

– Estoy bien. -Se tranquilizó un poco. A pesar de que muchas veces era un auténtico tormento, en el fondo era un buen tipo. Y ella lo sabía. Tan solo se preocupaba por ella. Como siempre. Pero eso no le hacía falta.

Haciendo un esfuerzo, aplacó su impaciencia mientras Peludo, el saco de pulgas de su madrastra, cruzaba la puerta principal y perseguía a una ardilla hasta llegar a un pino. En un destello rojo y gris, la ardilla trepó por el áspero tronco hasta una rama alta que se agitó mientras miraba hacia abajo y se mofaba del terrier cruzado. Peludo golpeó el tronco con sus patas y gimoteó rodeando el árbol.



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